A veces, se contradicen mis pensamientos. Se contrapiensan. Se dan la razón mutuamente cuales cuerdo y loco, cuales dios y satán. Esa colisión, ese choque de palmas me mata. Me provoca un deseo ansioso de levitar, de volar, de libertad de mí mismo. De olvidarme de mí. Olvidarme de mí, de ti, de dejarme llevar. ¡Que alguien me lleve!

Tengo que volver a casa. Cogí el tren de las seis. Me senté en el último vagón y saqué mi libro, El jugador, de Dostoievski. Curiosamente Polina se había lanzado a los brazos de Ivánovich. Qué pensar, cualquier cosa podría ocurrir y apenas quedan unas pocas páginas para que se escriba el punto y final de esta historia. Todo pasa rápido, en solo unos días. Intensos días, días que no se olvidan durante un tiempo. Vaya absurdez.

Al bajar del tren, las farolas se encendían y la calle estaba mojada. Saludé al vecino y subí a casa. En el ascensor un señor me cuenta que está nervioso porque es el día del dentista. Y por algo más. Bueno, cavilé, esto no va a desviar la atención de mis pensamientos, lo cual ni siquiera fui capaz de traducir a una mínima emoción. Me senté en el sofá y comencé a ver El apartamento, de Billy Wilder, en blanco y negro. Una comedia de enredos, donde el amor tiene poca cabida, las situaciones son divertidas y donde lo peor que puede pasar, ocurre y se queda como una simple anécdota. En esto se basa el historial de una vida. En anécdotas representadas en una película. Mi película, de las lentas y con color.

Después dispuse Manhattan de Woody Allen. Las dos en blanco y negro. Esta película me puede sumir en la belleza de reflexionar. Me desquicia por momentos. Como mi vida. Ambas dramatizan situaciones absurdas. Absurdas pero entrañables. Reacciones racionales. Racionales tras la absurdez.

Domingo
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